Miré la cama con aprensión. Las sábanas tirantes, la almohada dura... si tuviese que dormir en una lata de sardinas me habría resultado menos incómodo, frío, y puede que hasta menos cortante. Habría preferido dormir en la bañera, con el cuerpo dolorido por la resaca y una postura que nunca antes habría creído posible y el grifo goteando sobre mis pies, pero no es así como actúan los adultos un mes después de una ruptura (al menos en teoría). Supuse que ya era hora de enfrentarse a la cama, después de todo no era más que un mueble cubierto con unos cuantos trozos de tela, nada más, nada que pudiese hacerme daño.
Al fin me decidí a apartar las sábanas y meterme entre ellas. Me sentí como si hubiese vencido a un enemigo feroz. Solo eran trozos de tela, volví a pensar mientras buscaba una postura cómoda, nada más. Al principio me convencía ese mantra, que me repetí hasta dormirme: solo eran trozos de tela... trozos de tela, eso era todo... Debí de dormirme poco tiempo después, por el cansancio de varios días durmiendo de mala manera. Con el daño que nos hicimos mutuamente...
Soñé con ella, con su pelo extendido por la almohada, con sus ojos brillantes de sueño, con sus mejillas sonrosadas de calor en verano y sus brazos alrededor de mi cintura. Tenía el sueño muy profundo, así que a veces me costaba separarla de mí si tenía que levantarme. A veces roncaba o hacía ruiditos mientras dormía y se le abría la boca de una forma muy graciosa. Otras veces, algún mechón de pelo le hacía cosquillas en la nariz y estornudaba como un cachorro.
Soñé con ella, con su pelo extendido por la almohada, con sus ojos brillantes de sueño, con sus mejillas sonrosadas de calor en verano y sus brazos alrededor de mi cintura. Tenía el sueño muy profundo, así que a veces me costaba separarla de mí si tenía que levantarme. A veces roncaba o hacía ruiditos mientras dormía y se le abría la boca de una forma muy graciosa. Otras veces, algún mechón de pelo le hacía cosquillas en la nariz y estornudaba como un cachorro.
Al despertar miré el reloj de la mesilla: las 6:50. Quedaban solo diez minutos para que sonase el despertador, podía levantarme en ese momento, pero no tenía ganas, así que me quedé en la cama, mirando el techo con la mente en blanco. Volvieron los pensamientos sobre ella, esta vez para recordarme de que había dormido solo en el lado que solía ocupar cuando ella dormía conmigo. Giré la cabeza hacia la izquierda para comprobar que, efectivamente, no estaba a mi lado; de hecho, las sábanas estaban tan lisas como la noche anterior.
No hay comentarios:
Publicar un comentario