El eco de un llanto resonaba por todo el sótano del supermercado, como si por muchos pasos que diese no pudiese alejarse del crimen. Por muy fuerte que pisase, el golpeteo de sus pasos no acallaba los gemidos. Empezaba a ser irritante.
-¡Cállate de una vez, puta! ¿Me vas a hacer volver? -los sollozos disminuyeron en seguida, apagados por la resonancia del violento grito- ¡Y ahora vete de aquí! ¡Ah, y espero, por tu bien, que mañana no se entere nadie de esto en el trabajo! -nadie contestó- ¿Me oyes?
Una débil voz susurró algo a lo lejos, desde la oscuridad, todavía llorosa. Acto seguido, el hombre oyó unos pasos ligeros y rápidos que corrían hacia la salida. En cuanto dejó de oírlos se encaminó de nuevo en su dirección, la salida del aparcamiento. La verja estaba ya bajada, él mismo la había cerrado un rato antes para que nadie lo interrumpiese, sacó las llaves y la abrió con cuidado de no hacer mucho ruido. Al otro lado subía una rampa de unos seis metros, que comenzó a subir por el lado más oscuro, donde no llegaba la luz de las farolas. Estaba a punto de llegar arriba del todo cuando se paró a mirar el espejo de tráfico colgado en la esquina. Había alguien detrás de él, una figura que no se reflejaba bien por la oscuridad, la forma y la suciedad acumulada, pero definitivamente había alguien ahí, se movía claramente.
-¿Qué haces aquí? -preguntó en un tono agresivo, pero intentando no gritar mucho- Habla. ¿Qué coño haces aquí? Si lo que intentas es ponerte a gritar en cuanto salgamos a la calle, ya te digo que no te va a servir...
Cerró los puños mientras se daba la vuelta, preparado para golpear, pero en el momento en el que los empezaba a levantar se quedaron paralizados en el aire. Un respingo. Una expresión de horror indescriptible en los ojos y la boca que no volvió a gritar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario