domingo, 17 de julio de 2016

Erinias II: Medea

Cuando cayó el cuchillo empapado de sangre aún caliente el sonido pareció extraño, como si hubiese rebotado en algún lugar lejano y a cámara lenta. La hoja hirió el pie de la madre, pero esta no se inmutó; parecía que estaba muerta ella también de tan fría, pálida y ensangrentada como estaba. Solo estaban calientes las lágrimas que goteaban y se mezclaban con la sangre de sus hijos.
            Medea, impasible, fijaba la mirada en un cuadro que quedaba colgado en la pared de enfrente a la altura de su vista. «Mirar es sentir», se repetía mentalmente mientras llevaba a cabo su venganza. «Si miras, sientes, si sientes te vuelves blanda y débil», seguía diciéndose todavía después de que el cuchillo hubiese resbalado de sus dedos inmovilizados por el frío.
—Mira lo que has hecho —susurró la culpa en su oído mientras enroscaba sus tentáculos de cola de serpiente alrededor del cuello de la madre homicida—. Vamos, te has atrevido a hacerlo. Ahora atrévete a mirarlo.
Medea cerró los ojos, intentando resistirse a la insistencia de la criatura que se alzaba tras ella, alta y monstruosa. «Monstruosa como yo», pensó Medea.
—Exacto, monstruosa como tú. Porque es lo  que mereces —replicó el espectro en voz alta.
Muy lentamente, la asesina bajó la cabeza y abrió los ojos. El macabro espectáculo que quedaba ante ella la hizo gritar como nunca lo había hecho. El terror sacudía su estómago, pero los fuertes tentáculos de la criatura seguían sujetando sus hombros.
— ¡Suéltame! —Gritaba histérica mientras intentaba zafarse de su captor— ¡Déjame! ¡Ya he tenido suficiente!
Con calma, el espectro respondió en su oído.
—No. Esto es solo principio; a partir de ahora, hagas lo que hagas, colgaré de tu espalda y te recordaré cada día lo que acabas de hacer para que no haya ni un solo momento que te no te arrepientas.

Medea cayó en el suelo de rodillas en el charco de sangre que coagulaba y se enfriaba rápidamente. Allí se quedó hasta que la policía, alertada por los vecinos que habían oído los chillidos de agonía, irrumpió en la casa y se la llevó esposada y sin saber que la peor condena estaba ya bien agarrada a ella.

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