Aún se desprendían de sus uñas costras de sangre seca cuando decidió que era hora de parar el coche en algún lugar bien resguardado de la vista desde la carretera y dormir al menos un par de horas. Había conducido mucho tiempo sin parar, kilómetros y kilómetros sin detenerse ni siquiera en una gasolinera a repostar, para eso había dejado el depósito lleno justo antes de cometer el asesinato, pero después de tanto tiempo estaba casi vacío de nuevo. Por suerte era de noche, había poca gente en la estación de servicio y seguramente no le verían bien la cara; además, la gasolinera estaba a unos veinte kilómetros de un pinar, lo cual era perfecto para enterrar el cadáver y esconder el coche para dormir.
A la luz de la luna, bajo las raíces de un enorme pino, donde el bosquecillo empezaba a hacerse más frondoso, el asesino cavó un hoyo todo lo profundo que pudo y enterró la bolsa que contenía el cadáver descuartizado. Después volvió a taparlo con tierra, hojas y ramas, concienzudamente, hasta que fue casi imposible ver que ahí, entre tanta maleza, dentro de un agujero, se pudría el cuerpo de un hombre inocente que difícilmente sería encontrado y mucho menos vengado. El asesino, continuando con su plan, volvió a recorrer el camino que había seguido entre los árboles hasta el coche, que había aparcado en una pequeña hondonada, evitando dejar cualquier tipo de huella. Una vez en el coche, lo cubrió también con hojas y ramas secas para camuflarlo (con algo menos de éxito que el cadáver), y se acurrucó en el asiento trasero para dormir.
En la oscuridad, el crujido de las ramas secas se multiplicaba, se volvía fantasmagórico. Parecía que un animalillo paseaba por allí cerca, tal vez buscando algo de comida, tal vez curioso al ver ese armatoste metálico que descansaba bajo el follaje. El animal se acercaba, parecía más grande que al principio. El asesino se encogió bajo su manta. Quizás, si evitaba que lo viese... Según se acercaba el sonido de los pasos, quedó claro que no era uno, sino varios animales grandes y pesados que aplastaban arbustos y rozaban la corteza de los árboles, arrancando los trozos más secos. Cada vez había más, y no venían del mismo lugar, rodeaban el coche desde todos los ángulos.
Pasos, chasquidos, gruñidos, siseos, aleteos... El asesino temblaba, no sabía cómo enfrentarse a aquellos animales que lo rodeaban, que ya incluso arañaban la chapa del vehículo. Uno de ellos saltó sobre el techo, hundiéndolo, otro lo golpeó hasta romper los cristales. Las garras de los animales, que por fin entraron por las ventanas, se enredaron en la manta con la que el asesino trataba de taparse la cabeza para que no lo viesen. Tarde, ya lo habían visto. Una garra, y otra, y otra... solo que no eran garras, sino manos provistas con largas, duras y afiladas que se enganchaban, cortaban y arañaban la piel del asesino. Un chirrido y un golpe le indicaron que una de las puertas había sido arrancada, lo que les dio una gran ventaja a aquellas personas (o lo que fuesen) que querían torturarlo. Le gritaban, decían cosas sobre el hombre al que había matado. Ya no había escapatoria para el asesino, lo habían cogido entre todos y lo apaleaban, arañaban, mordían y hasta quemaban. Una serpiente, azuzada por uno de ellos, reptó bajo la ropa del asesino para sumarse al violento ataque enroscándose con fuerza en torno al cuerpo.
Pasó un mes desde la desaparición de dos jóvenes de una pequeña ciudad. Las pistas llevaron a la policía a un pinar donde, evidentemente, ya no podía haber huellas dejadas por una persona o un vehículo, pero sí se podía rastrear en busca de restos humanos. Un perro encontró un cadáver descuartizado bajo un árbol y, unos kilómetros más lejos, en una pequeña hondonada, se encontró un coche abollado, arañado, oxidado, quemado en algunas partes y sin puertas. Dentro del coche quedaban algunos restos de un cuerpo que había muerto a causa de una terrible tortura.