El primer día de primavera amaneció soleado y fresco. Unas pocas nubes, pequeñas y blancas como copos de algodón deshechos, se dejaban ver de vez en cuando en el cielo, y la brisa era tan suave que apenas movía las primeras hojas verdes de los árboles. Era el día perfecto para hacer realidad un sueño, como si la naturaleza diese su aprobación al proyecto que iba a culminar esa misma mañana tras varias semanas de planificación.
Después de un buen desayuno, el hombre salió animado de su casa, sonriente y con paso firme. Era su día, sin duda; antes de mediodía se habría quitado un gran peso de encima y por fin, después de tanto tiempo intentándolo, recibiría todo por lo que había trabajado tanto y que tantas veces le habían quitado. También ganaría unas cuantas enemistades, pero eso era lo que menos le importaba.
Por fin llegó la hora. En pocos minutos podría encumbrarse o fallar estrepitosamente. Sabía que no debía ponerse nervioso o lo estropearía todo, pero, viendo tan cerca el momento... la cosa cambiaba. Algo no iba bien, la persona a la que tenía que ver estaba tardando mucho en llegar. Empezó a impacientarse, se le aceleró el corazón, le temblaban las manos y respiraba como podía. ¡Ah, ahí estaba! Lo vio llegar con ese aire de superioridad tan repelente, aunque ni siquiera fuese capaz de llegar a una cita a su hora. Ese viejo... qué tranquilo se iba a quedar cuando se lo quitase de encima. Aquel odio le daba más fuerzas para continuar. "Tengo que hacerlo y hacerlo bien", se repetía mientras se preparaba para recibirlo con las manos sudorosas.
El primer día de primavera, que había amanecido soleado y prometedor, se volvió negro en menos de un segundo: el tiempo que se tarda en disparar una bala. Un asesinato planificado hasta el mínimo detalle durante semanas, años deseando quitarse de encima a aquel viejo para tener por fin vía libre para conseguir lo que más deseaba. Todo se esfumó en la milésima de segundo que tardó en darse cuenta de que había disparado al hombre equivocado.
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