viernes, 23 de septiembre de 2016

Somos



Nos gustan los hombres. Nos gustan las mujeres. Nos gustan quienes son ambas cosas y quienes no son ninguna de las dos.

Pero no nos gusta todo el mundo igual (50%-50%). O sí. O no siempre.

No estamos pasando una fase. No estamos confundidos. No tenemos "más oportunidades". No somos más promiscuos ni menos fieles. No somos una moda. No somos un estereotipo ni un mito. No somos una fantasía erótica. No somos culpables de que las parejas se rompan.

No somos heterosexuales con ganas de experimentar. No somos gays ni lesbianas en el armario. No somos mitad y mitad, somos personas completas y queremos ser visibles. O mejor dicho, BI-sibles.

Somos cada adolescente que cree que le pasa algo raro porque no puede decidir si le gustan más los chicos o las chicas porque no sabe que hay algo más allá. Somos cada persona famosa que llenó portadas con una confesión que dejó al mundo en vilo ("¿Pero no era gay?", "O sea, que se ha vuelto lesbiana..."). Somos todas aquellas personas a las que no sabéis clasificar porque os faltan palabras, porque no sabéis que ya hay una que nos define. O tal vez porque os da miedo decirla. Os da asco porque sois los mismos que la han manchado de prejuicios.

Hay muchas cosas que no somos, pero ante todo, somos. Existimos. Somos bisexuales y estamos orgullosas. 

domingo, 17 de julio de 2016

Erinias III


El eco de un llanto resonaba por todo el sótano del supermercado, como si por muchos pasos que diese no pudiese alejarse del crimen. Por muy fuerte que pisase, el golpeteo de sus pasos no acallaba los gemidos. Empezaba a ser irritante. 

-¡Cállate de una vez, puta! ¿Me vas a hacer volver? -los sollozos disminuyeron en seguida, apagados por la resonancia del violento grito- ¡Y ahora vete de aquí! ¡Ah, y espero, por tu bien, que mañana no se entere nadie de esto en el trabajo! -nadie contestó- ¿Me oyes?

Una débil voz susurró algo a lo lejos, desde la oscuridad, todavía llorosa. Acto seguido, el hombre oyó unos pasos ligeros y rápidos  que corrían hacia la salida. En cuanto dejó de oírlos se encaminó de nuevo en su dirección, la salida del aparcamiento. La verja estaba ya bajada, él mismo la había cerrado un rato antes para que nadie lo interrumpiese, sacó las llaves y la abrió con cuidado de no hacer mucho ruido. Al otro lado subía una rampa de unos seis metros, que comenzó a subir por el lado más oscuro, donde no llegaba la luz de las farolas. Estaba a punto de llegar arriba del todo cuando se paró a mirar el espejo de tráfico colgado en la esquina. Había alguien detrás de él, una figura que no se reflejaba bien por la oscuridad, la forma y la suciedad acumulada, pero definitivamente había alguien ahí, se movía claramente.

-¿Qué haces aquí? -preguntó en un tono agresivo, pero intentando no gritar mucho- Habla. ¿Qué coño haces aquí? Si lo que intentas es ponerte a gritar en cuanto salgamos a la calle, ya te digo que no te va a servir...

Cerró los puños mientras se daba la vuelta, preparado para golpear, pero en el momento en el que los empezaba a levantar se quedaron paralizados en el aire. Un respingo. Una expresión de horror indescriptible en los ojos y la boca que no volvió a gritar.

Convivium

Ocurrió en una noche de banquete, de reunión con aquellos hombres que querían ser cultos y lo demostraban comiendo, bebiendo y retándose a componer poemas. Ya estaba entrada la noche cuando me llegó el turno, y aunque yo no era buen poeta, saqué lo mejor de mí para improvisar unos versos burlescos sobre mis compañeros. Busqué con la mirada y me detuve en Lucio, un hombrecillo que mordisqueaba con aire distraído unas aceitunas cerca de mí. Lo comparé con una cuba, porque estaba tan afectado por el vino que ni siquiera parecía enterarse de lo que estaba pasando en la sala; seguía ensimismado con la comida que tenía en la mano aunque el resto se reían de él escandalosamente.

Justo cuando terminé mis versos,  Lucio tomó otro sorbo de vino e inmediatamente cayó al suelo, inconsciente. Alguien se acercó a él. Se acabaron las risas. Habían envenenado a Lucio.

Erinias II: Medea

Cuando cayó el cuchillo empapado de sangre aún caliente el sonido pareció extraño, como si hubiese rebotado en algún lugar lejano y a cámara lenta. La hoja hirió el pie de la madre, pero esta no se inmutó; parecía que estaba muerta ella también de tan fría, pálida y ensangrentada como estaba. Solo estaban calientes las lágrimas que goteaban y se mezclaban con la sangre de sus hijos.
            Medea, impasible, fijaba la mirada en un cuadro que quedaba colgado en la pared de enfrente a la altura de su vista. «Mirar es sentir», se repetía mentalmente mientras llevaba a cabo su venganza. «Si miras, sientes, si sientes te vuelves blanda y débil», seguía diciéndose todavía después de que el cuchillo hubiese resbalado de sus dedos inmovilizados por el frío.
—Mira lo que has hecho —susurró la culpa en su oído mientras enroscaba sus tentáculos de cola de serpiente alrededor del cuello de la madre homicida—. Vamos, te has atrevido a hacerlo. Ahora atrévete a mirarlo.
Medea cerró los ojos, intentando resistirse a la insistencia de la criatura que se alzaba tras ella, alta y monstruosa. «Monstruosa como yo», pensó Medea.
—Exacto, monstruosa como tú. Porque es lo  que mereces —replicó el espectro en voz alta.
Muy lentamente, la asesina bajó la cabeza y abrió los ojos. El macabro espectáculo que quedaba ante ella la hizo gritar como nunca lo había hecho. El terror sacudía su estómago, pero los fuertes tentáculos de la criatura seguían sujetando sus hombros.
— ¡Suéltame! —Gritaba histérica mientras intentaba zafarse de su captor— ¡Déjame! ¡Ya he tenido suficiente!
Con calma, el espectro respondió en su oído.
—No. Esto es solo principio; a partir de ahora, hagas lo que hagas, colgaré de tu espalda y te recordaré cada día lo que acabas de hacer para que no haya ni un solo momento que te no te arrepientas.

Medea cayó en el suelo de rodillas en el charco de sangre que coagulaba y se enfriaba rápidamente. Allí se quedó hasta que la policía, alertada por los vecinos que habían oído los chillidos de agonía, irrumpió en la casa y se la llevó esposada y sin saber que la peor condena estaba ya bien agarrada a ella.

Erinias

Aún se desprendían de sus uñas costras de sangre seca cuando decidió que era hora de parar el coche en algún lugar bien resguardado de la vista desde la carretera y dormir al menos un par de horas. Había conducido mucho tiempo sin parar, kilómetros y kilómetros sin detenerse ni siquiera en una gasolinera a repostar, para eso había dejado el depósito lleno justo antes de cometer el asesinato, pero después de tanto tiempo estaba casi vacío de nuevo. Por suerte era de noche, había poca gente en la estación de servicio y seguramente no le verían bien la cara; además, la gasolinera estaba a unos veinte kilómetros de un pinar, lo cual era perfecto para enterrar el cadáver y esconder el coche para dormir.
A la luz de la luna, bajo las raíces de un enorme pino, donde el bosquecillo empezaba a hacerse más frondoso, el asesino cavó un hoyo todo lo profundo que pudo y enterró la bolsa que contenía el cadáver descuartizado. Después volvió a taparlo con tierra, hojas y ramas, concienzudamente, hasta que fue casi imposible ver que ahí, entre tanta maleza, dentro de un agujero, se pudría el cuerpo de un hombre inocente que difícilmente sería encontrado y mucho menos vengado.  El asesino, continuando con su plan, volvió a recorrer el camino que había seguido entre los árboles hasta el coche, que había aparcado en una pequeña hondonada, evitando dejar cualquier tipo de huella. Una vez en el coche, lo cubrió también con hojas y ramas secas para camuflarlo (con algo menos de éxito que el cadáver), y se acurrucó en el asiento trasero para dormir.
En la oscuridad, el crujido de las ramas secas se multiplicaba, se volvía fantasmagórico. Parecía que un animalillo paseaba por allí cerca, tal vez buscando algo de comida, tal vez curioso al ver ese armatoste metálico que descansaba bajo el follaje. El animal se acercaba, parecía más grande que al principio. El asesino se encogió bajo su manta. Quizás, si evitaba que lo viese... Según se acercaba el sonido de los pasos, quedó claro que no era uno, sino varios animales grandes y pesados que aplastaban arbustos y rozaban la corteza de los árboles, arrancando los trozos más secos. Cada vez había más, y no venían del mismo lugar, rodeaban el coche desde todos los ángulos.
Pasos, chasquidos, gruñidos, siseos, aleteos... El asesino temblaba, no sabía cómo enfrentarse a aquellos animales que lo rodeaban, que ya incluso arañaban la chapa del vehículo. Uno de ellos saltó sobre el techo, hundiéndolo, otro lo golpeó hasta romper los cristales. Las garras de los animales, que por fin entraron por las ventanas, se enredaron en la manta con la que el asesino trataba de taparse la cabeza para que no lo viesen. Tarde, ya lo habían visto. Una garra, y otra, y otra... solo que no eran garras, sino manos provistas con largas, duras y afiladas que se enganchaban, cortaban y arañaban la piel del asesino. Un chirrido y un golpe le indicaron que una de las puertas había sido arrancada, lo que les dio una gran ventaja a aquellas personas (o lo que fuesen) que querían torturarlo. Le gritaban, decían cosas sobre el hombre al que había matado. Ya no había escapatoria para el asesino, lo habían cogido entre todos y lo apaleaban, arañaban, mordían y hasta quemaban. Una serpiente, azuzada por uno de ellos, reptó bajo la ropa del asesino para sumarse al violento ataque enroscándose con fuerza en torno al cuerpo.


Pasó un mes desde la desaparición de dos jóvenes de una pequeña ciudad. Las pistas llevaron a la policía a un pinar donde, evidentemente, ya no podía haber huellas dejadas por una persona o un vehículo, pero sí se podía rastrear en busca de restos humanos. Un perro encontró un cadáver descuartizado bajo un árbol y, unos kilómetros más lejos, en una pequeña hondonada, se encontró un coche abollado, arañado, oxidado, quemado en algunas partes y sin puertas. Dentro del coche quedaban algunos restos de un cuerpo que había muerto a causa de una terrible tortura.

Sábanas mudas

Miré la cama con aprensión. Las sábanas tirantes, la almohada dura... si tuviese que dormir en una lata de sardinas me habría resultado menos incómodo, frío, y puede que hasta menos cortante. Habría preferido dormir en la bañera, con el cuerpo dolorido por la resaca y una postura que nunca antes habría creído posible y el grifo goteando sobre mis pies, pero no es así como actúan los adultos un mes después de una ruptura (al menos en teoría). Supuse que ya era hora de enfrentarse a la cama, después de todo no era más que un mueble cubierto con unos cuantos trozos de tela, nada más, nada que pudiese hacerme daño.

Al fin me decidí a apartar las sábanas y meterme entre ellas. Me sentí como si hubiese vencido a un enemigo feroz. Solo eran trozos de tela, volví a pensar mientras buscaba una postura cómoda, nada más. Al principio me convencía ese mantra, que me repetí hasta dormirme: solo eran trozos de tela... trozos de tela, eso era todo... Debí de dormirme poco tiempo después, por el cansancio de varios días durmiendo de mala manera. Con el daño que nos hicimos mutuamente...

Soñé con ella, con su pelo extendido por la almohada, con sus ojos brillantes de sueño, con sus mejillas sonrosadas de calor en verano y sus brazos alrededor de mi cintura. Tenía el sueño muy profundo, así que a veces me costaba separarla de mí si tenía que levantarme. A veces roncaba o hacía ruiditos mientras dormía y se le abría la boca de una forma muy graciosa. Otras veces, algún mechón de pelo le hacía cosquillas en la nariz y estornudaba como un cachorro.

Al despertar miré el reloj de la mesilla: las 6:50. Quedaban solo diez minutos para que sonase el despertador, podía levantarme en ese momento, pero no tenía ganas, así que me quedé en la cama, mirando el techo con la mente en blanco. Volvieron los pensamientos sobre ella, esta vez para recordarme de que había dormido solo en el lado que solía ocupar cuando ella dormía conmigo. Giré la cabeza hacia la izquierda para comprobar que, efectivamente, no estaba a mi lado; de hecho, las sábanas estaban tan lisas como la noche anterior.

El primer día de primavera

El primer día de primavera amaneció soleado y fresco. Unas pocas nubes, pequeñas y blancas como copos de algodón deshechos, se dejaban ver de vez en cuando en el cielo, y la brisa era tan suave que apenas movía las primeras hojas verdes de los árboles. Era el día perfecto para hacer realidad un sueño, como si la naturaleza diese su aprobación al proyecto que iba a culminar esa misma mañana tras varias semanas de planificación.

Después de un buen desayuno, el hombre salió animado de su casa, sonriente y con paso firme. Era su día, sin duda; antes de mediodía se habría quitado un gran peso de encima y por fin, después de tanto tiempo intentándolo, recibiría todo por lo que había trabajado tanto y que tantas veces le habían quitado. También ganaría unas cuantas enemistades, pero eso era lo que menos le importaba.

Por fin llegó la hora. En pocos minutos podría encumbrarse o fallar estrepitosamente. Sabía que no debía ponerse nervioso o lo estropearía todo, pero, viendo tan cerca el momento... la cosa cambiaba. Algo no iba bien, la persona a la que tenía que ver estaba tardando mucho en llegar. Empezó a impacientarse, se le aceleró el corazón, le temblaban las manos y respiraba como podía. ¡Ah, ahí estaba! Lo vio llegar con ese aire de superioridad tan repelente, aunque ni siquiera fuese capaz de llegar a una cita a su hora. Ese viejo... qué tranquilo se iba a quedar cuando se lo quitase de encima. Aquel odio le daba más fuerzas para continuar. "Tengo que hacerlo y hacerlo bien", se repetía mientras se preparaba para recibirlo con las manos sudorosas.

El primer día de primavera, que había amanecido soleado y prometedor, se volvió negro en menos de un segundo: el tiempo que se tarda en disparar una bala. Un asesinato planificado hasta el mínimo detalle durante semanas, años deseando quitarse de encima a aquel viejo para tener por fin vía libre para conseguir lo que más deseaba. Todo se esfumó en la milésima de segundo que tardó en darse cuenta de que había disparado al hombre equivocado.