El Poeta sueña despierto y vive en los sueños porque la realidad es demasiado prosaica para él. El Poeta es caprichoso y le gustaría moldear la realidad a su antojo, y eso solo se puede hacer en la realidad del sueño.
Cuando el Poeta se sienta a escribir ante su hoja en blanco y la pluma cargada de tinta que sangra en forma de palabras, mira por la ventana hacia la fría calle, donde todo es humo y ruido de coches, gente que grita, gente con prisa; sirenas y duro asfalto negro como las aburridas y planas vidas de quienes pasean sobre él. El Poeta mira la ciudad y piensa en sus cosas buenas, en la vida que se respira allí con las luces, los colores, los parques, los cines y teatros… lugares donde se puede encontrar todavía algo de humanidad, de alegría, donde la gente se reúne con sus seres queridos para pasar un buen rato y olvidar el día a día y su presión.
Pero en los tristes y ahumados árboles de la ciudad no crecen poemas como los que le gustaría escribir al Poeta. Se levanta y toma un gastado cuaderno de la estantería; está tan usado que se abre solo:
Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueño tal vez olvidada,silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.
Son poemas escritos a mano, y esa, la Rima VII de Bécquer, su favorita. Hace tiempo que el Poeta se siente como el arpa, abandonado, olvidado, con tanto que contar y tan pocas oportunidades para hacerlo. Se siente ahogado por la prisa y su inspiración tapiada con hormigón. Hace años que el Poeta no escribe nada, necesita un aire nuevo que le permita volver a sacar todas las locuras encerradas en su cabeza entre los problemas de la economía, el trabajo y mil preocupaciones más. Podría hacerlo, pero su vida sería mucho más difícil, así que el Poeta se resigna (al contrario que el arpa que siempre espera en su rincón), y deja de llamarse Poeta: tira el cuaderno, abandona la pluma en un cajón como una simple anécdota del pasado, un regalo de una tal Musa, un idilio apasionado que hace años tuvo que dejar por imposible, pese a que ambos sabían que estaban hechos el uno para el otro: ella susurrando a su oído, el escribiendo, y juntos siendo padres de mil ilusiones. Pero la cruda realidad, celosa, los ha separado para siempre.
Han pasado muchos años desde que decidí dejar mi vida de poeta y cambiarla por la de un decente profesor (de Literatura, lo único que me queda de aquellos años de locura poética), con una vida normal, alejada de los sobresaltos, las pasiones, la fantasía y la imaginación desbordantes que me cegaban cuando miraba hacia la realidad a través de borrones de tinta.
No extraño aquellos años, ahora vivo mucho mejor, como una persona normal: tengo un buen trabajo, familia y algunos amigos, cuando tengo algún rato libre leo un poco (aunque sin la avidez de antes), paseo… lo que se dice una vida normal de una persona de ciudad. Recuerdo lo que me horrorizaba eso cuando era joven, “una vida normal”. Pero ¿qué tiene de malo? Nada: vivo cómodo y sin sustos, todo está ordenado y perfecto siempre. Suena la campana; es hora de volver a casa. Mis alumnos recogen en tres veces menos tiempo del que han tardado en sacar los libros al principio de la clase y el aula queda vacía en menos de dos minutos. Yo me tomo mi tiempo para recoger y ponerme el abrigo.
Salgo a la calle y la brisa invernal me corta la cara. A estas horas hay mucha gente por la calle, unos van a comer a sus casas, otros entran ahora a trabajar… Pero todos van a su aire, absortos en sus pensamientos y con prisa, tan absortos y con tanta prisa que una mujer joven está a punto de chocar conmigo. Murmura una disculpa y sigue andando deprisa. Apenas he llegado a verle la cara, pero habría jurado que la conozco: esa melena negra, esos ojos verdes, esa estela de perfume indefinible que evoca tantas cosas, esa ligereza al andar que hace que parezca que flota en el aire, esa voz musical… Me vuelvo a mirarla de nuevo, pero en solo un par de segundos la multitud se la ha tragado.
Sigo pensando en ella mientras reanudo el paseo y una hoja de papel revolotea con el movimiento de mi pie. No parece que lleve mucho tiempo en el suelo, ni siquiera tiene pisadas, debe de habérsele caído a ella del bolsillo, incluso parece estar impregnada del mismo perfume que la mujer. Cojo la hoja y vuelvo a mirar por si la veo, no puede andar muy lejos; por muy rápido que ande, nadie desaparece en segundos y menos en una calle tan larga y ancha. Pero no, no hay rastro de ella.
Miro el trozo de papel por si es algo importante o si tiene algo escrito que me pueda ayudar a localizar a la dueña. No es más que un trozo de papel arrancado de una libreta con unas líneas escritas con pluma, con una tinta negra y algo corrida; es más viejo de lo que parecía. Los versos dicen:
Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.
Reconozco la letra. Yo mismo escribí hace años estos versos de Machado en un cuaderno, junto con otros de distintos poetas que de joven representaban todo lo que yo quería ser. Pero estos tienen algo especial; los dos últimos versos estaban subrayados y, al margen, hay escrito: “No dejes que te pase”.
Pero lo dejé. No sé cómo, pero dejé que me pasase y me convertí en una persona vacía, aburrida y sin sueños ni motivaciones; me convertí en un viejo cobarde.Ya recuerdo a la mujer, se llamaba Musa y nunca la vi, pero la sentí a mi lado y la amé durante muchos años; luego la abandoné junto con el cuaderno. Soy profesor, doy clase a alumnos que muchas veces no saben lo que quieren y se rinden con facilidad, y yo, con toda mi hipocresía, se lo reprocho. Pero hoy ha llegado Musa y me ha enseñado esa misma lección. Hoy vuelvo a ser Poeta.
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